Publicado en: viernes 17, abril, 2026
El pasado 8 de abril, en las instalaciones de El Colegio Nacional, se llevó a cabo una ceremonia conmemorativa por el Centenario del natalicio de Emilio Rosenblueth. En dicha ceremonia, el Dr. Antonio Alonso Concheito, Presidente del Consejo Consultivo de la Fundación, tuvo una intervención que reproducimos a continuación:
Emilio Rosenblueth (1926-1994)
Presentado en el Homenaje a Emilio Rosenblueth (1926-1994), El Colegio Nacional, abril 8, 2026.
Antonio Alonso Concheiro
Agradezco mucho a Carlos Coello y a El Colegio Nacional haberme invitado a participar en este homenaje a Emilio Rosenblueth, a quien yo tanto quería. Compartí con él en muchas ocasiones a partir de 1983 y terminé teniendo el privilegio de ser su amigo y a veces incluso su confidente.
Emilio era un gigante intelectual. Más allá de su reconocida excelencia como ingeniero, poseía muchos otros intereses y virtudes, en los que era igualmente brillante. Era un hombre sistémico, cuyo valor total era superior al de la suma de sus muchos atributos y habilidades. Ello queda claro cuando se repasa el libro Emilio Rosenblueth, escritos selectos, editado por el Instituto de Ingeniería de la UNAM en 2004.
Emilio conocía bien la trascendencia e importancia del lenguaje. Era persona de pocas palabras, pero las suyas eran siempre precisas y significativas. En unas cuantas podía encapsular ideas complejas con mucha claridad. En él era evidente aquello de que escribe claro quien claro piensa, pues el lenguaje es el ropaje del pensamiento. Era de pocas palabras, pero de muchas y muy trascendentes ideas. Sin duda era uno de los mejores ingenieros de México, pero era además un humanista con una amplísima cultura. En una ocasión, revisando uno de sus escritos me permití señalarle que convendría sustituir una palabra que no estaba aprobada por la Real Academia; su respuesta fue la fecha de la sesión en la que dicha Academia había aprobado su uso.
En 1975, apenas siete años después de que Aurelio Peccei fundara el Club de Roma y tres después de la publicación de su influyente informe Los límites del crecimiento, y sólo dos años después de haberse fundado la Federación Mundial de Estudios de los Futuros (1973), la organización internacional de prospectiva más importante, Emilio, visionariamente, creó en la ciudad de México un centro dedicado exclusivamente a la prospectiva o estudios de los futuros, un campo entonces apenas incipiente. Le dio por nombre Fundación Javier Barros Sierra AC, en honor a otro ilustre ingeniero quien fuera su amigo y colega, donando como fondo semilla el monto del Premio Luis Elizondo que recibiera dos años antes. Éste fue el primer centro de investigación de América Latina dedicado de manera exclusiva a la prospectiva. La preocupación de Emilio por las posibles futuras consecuencias de nuestros actos (o la falta de ellos) estaba siempre presente. Para él, como lo señala en su trabajo Cruzada por el desarrollo del pueblo mexicano (1976), muy a la Ortega y Gasset, “Nada tiene sentido para el hombre sino en función del porvenir”. De ello me convenció. En 1983 yo tenía planeado pasar mi primer año sabático estudiando la historia de mi especialidad de Ingeniería (control automático) en Alemania. Cuando a pregunta suya se lo hice saber, ello no le complació y en cada encuentro empezó a insistirme en que mi foco no debía ser el pasado sino el futuro. Yo intentaba defenderme, argumentando que el futuro, por serlo, todavía no existe y, por tanto, no puede estudiarse. De hecho, le señalaba que en un proyecto del Instituto de Ingeniería sobre los posibles futuros energéticos del país había aprendido que yo no sabía estudiar el futuro. Pero él siempre encontraba contrargumentos y terminó conquistando la plaza. Así, terminé pasando el año sabático en la Fundación Javier Barros Sierra, y luego trabajando ahí durante años, cambiando prácticamente de profesión.
La incertidumbre y las probabilidades, y la toma de decisiones, fueron parte central de las inquisiciones de Emilio. La toma de decisiones le interesaba desde dos puntos de vista: el de los criterios (la ética) y el de los procedimientos para decidir (la participación). Pero independientemente de unos y otros, buscaba cómo determinar la decisión óptima, esto es la que maximiza la utilidad. En este punto, el humanismo de Emilio exigía que la utilidad incluyese no sólo aspectos materiales sino también los derivados de los sentimientos y del sentido estético tanto de quienes participan en la toma de las decisiones como de quienes pueden verse afectados por ellas.
Preocupado por la toma de decisiones y los futuros, resulta natural su interés sobre la planeación, en particular sobre la educativa (recordemos que fue subsecretario de Planeación de la Secretaría de Educación Pública de 1978 a 1982). Su trabajo Rousseau y la educación contemporánea (en dos partes), publicado en la Revista de la Universidad de México, preámbulo de sus desarrollos en planeación, es una joya de historia cultural. En su inédito Planeación educativa, queda clara su postura: “planeación es la toma racional de decisiones”. Y como era de esperar entre los ingredientes esenciales de ella incluye a la prospectiva y a la probabilidad (aunque posteriormente, en conversaciones con él, a pesar de su clara estatura bayesiana, hayamos acordado que pueden emplearse otras lógicas modales, no necesariamente probabilísticas).
Emilio era un crítico duro, no siempre amable, pero siempre constructivo. Quizá era el crítico más implacable de sus propios trabajos. Era capaz de enviar segundas (y hasta terceras) versiones corregidas y mejoradas de trabajos suyos ya aprobados para publicación antes de que vieran la luz.
En 1980 la Fundación Javier Barros Sierra publicó el libro de Emilio titulado Sobre ciencia e ideología. Típicamente rosenbluthiano, en el diseca primero el significado de ideología y su evolución, destacando en particular la contribución de Marx en el tema. Después da su respuesta a preguntas que él mismo se plantea como relevantes: ¿Debe hacerse ciencia?; en caso afirmativo, ¿de qué supuestos debe partirse?; ¿qué temas habrán de investigarse?; ¿con qué metodología?; y ¿qué hacer con los resultados? Entre lo mucho que de valioso contienen sus respuestas, destaco sólo una reflexión: “La objetividad de la ciencia frente a la ideología y la omnisciencia del profesional y en particular del científico son idealizaciones exageradas de la realidad”.
Sin empacho, con gran naturalidad, Emilio repartía retos intelectuales de todo tipo con gran generosidad. Uno podía estar seguro de que, tomar como propio uno de esos retos, equivalía a iniciar el camino gratificante hacia a un mundo inexplorado bajo la guía de una mente privilegiada. De cualquier modo, ser seleccionado por Emilio para recibir uno de sus retos, hacía inevitable apropiarse de él. Si no recuerdo mal, en 1983 recibí una de sus pequeñas notas en la que se (me) preguntaba: “¿Cuánto vale la vida humana?” ¿Cómo responder a esta pregunta sin parecerle irresponsable? Las respuestas de carácter utilitario simples estaban lejos de satisfacer a Emilio. Pero reemplazar, como él lo proponía, el concepto de utilidad por el de felicidad, introducía grandes y muy variados problemas adicionales; entre otros como medir la felicidad. Y las posibles respuestas quedaban siempre cortas. Y Emilio reanudaba la búsqueda de nuevas posibles respuestas. Una carta a su hijo Javier puede ayudar a entender la complejidad que presentaba para Emilio el humanista valorar la vida. Su hijo había preguntado qué es la vida. Emilio le responde que la vida es: un valle de lágrimas; casualidad (azar, indeterminación); lucha (ideales, metas inalcanzables; mente calculadora, fría, vs corazón emotivo, ignorante); buscar ser racional cuando somos irracionales; economía (maximización de la utilidad); camino hacia la otra; emoción y pasión; felicidad; sexo; amor; juego; un elefante (el cuento de los seis ciegos); un mosaico de mil y mil facetas, todas verdaderas, y ni siquiera una a la vez, sino todas siempre.
El sismo de 1985 disparó en Emilio diversos temas de interés. Por supuesto, los que se referían a los reglamentos de construcción de la Ciudad de México. Pero también los que se referían a los posibles futuros de la Ciudad de México. Ahí surgió, por ejemplo, la pregunta sobre el impacto y la conveniencia o no de trasladar los poderes federales fuera del Distrito Federal. Una vez más un problema de toma de decisiones. Fijar ciertos criterios que deberían cumplir la o las nuevas sedes resultaba relativamente fácil: por ejemplo, infraestructura básica (contar con dotación suficiente de agua, con una universidad, con posibilidad de ampliar la dotación de viviendas, etc.), seguridad (por ejemplo, localización a más de 100 kilómetros de las áreas fronterizas), de conexión (comunicaciones, transportes), etc. Si no recuerdo mal, trasladar a los poderes federales fuera de la capital representaba entonces desplazar a cerca de 3 millones de personas, sumando a los empleados del gobierno federal los de empleos indirectos para sostener los servicios requeridos por ellos. Pero nada fácil resultaba establecer los criterios de utilidad y medir ésta para decidir si era o no conveniente el cambio. A Emilio le parecía, por ejemplo, que la justicia (quién paga y quién se beneficia) debía incorporarse en la toma de decisiones. Señalaba que se argumentaba que los capitalinos pagamos por la concentración ya que la Ciudad de México estaba cada vez menos vivible. Pero agregaba que ese argumento no tenía validez, dado que la inmigración seguía fuerte y ello indicaba que a ojos de muchos la deteriorada calidad de vida capitalina era preferible a la de provincia. Ofrecía en cambio el enorme subsidio que le daba a la ciudad el resto del país, aunque lo explotásemos sólo para el pequeñísimo sector de clase media.
Emilio tenía una cultura musical muy importante. Acudía a tantos conciertos como le era posible. Con frecuencia, sobre todo los primeros años de nuestra amistad, solía reseñarme con emoción lo ocurrido en ellos, y los aciertos y no tanto de los intérpretes y directores de orquesta. Dado que a todas luces mi oído y cultura musical eran paupérrimos, trataba de educarme dándome información adicional sobre los compositores, la corriente o escuela a la que pertenecían, la época y ámbito en que vivieron, etc. Mi poco progreso en el tema fue, sin embargo, reduciendo el espacio musical en nuestras pláticas (algo que más tarde he lamentado). Pero a la inversa, los temas relativos a las artes plásticas fueron cobrando peso en ellas. De sus viajes Emilio traía casi siempre algo que había llama su atención (el descubrimiento de algo nuevo en una obra conocida, un nuevo grabado, dibujo, cuadro o escultura de un artista conocido, o el descubrimiento de un pintor o escultor menos conocido). A veces diferíamos en nuestras apreciaciones y quedábamos con cierta tarea sobreentendida de revisión de nuestros argumentos, para luego retomar el tema. Compartir con Emilio la vida y obra de alguien para él desconocido (p.e. Henri Gaudier-Brzeska) o discutir la buena o mala influencia de ciertos artistas en la evolución del arte (p.e., Eugène Delacroix), o mejor aún, los propios valores y propósitos del arte y sus cambios a lo largo de la historia, eran siempre motivo de felicidad. Por otra parte, aunque no abundaré aquí en ello, sólo para que no se nos olvide, Emilio tenía también una muy amplia cultura literaria.
La mente privilegiada de Emilio, capaz de atacar problemas sociales, filosóficos, matemáticos e ingenieriles complejos, tenía a la vez, en ciertos asuntos, la inocencia de un niño. Poseía un íntimo sentido del humor muy especial. Gozaba y reía con arreglos jocosos simples pero ingeniosos. Por ejemplo:
Dirigido a los payasos de un circo: Si no somos amenos, vendremos a menos.
Alguien, alabando el frac del presidente le dice: ¡Qué fracazo señor presidente! ¿Es importado? No, responde el presidente, es de sastre nacional.
En México algunos investigadores viven como futbolistas: de la patada. Los demás como boxeadores.
En una mesa redonda en la que estábamos sentados juntos, inicié una de mis intervenciones diciendo “Tengo la impresión de que…” Antes de terminar, Emilio me pasó, con una perturbadora sonrisa, una de sus pequeñas notas que decía: “Tengo la impresión…, como diría Gutenberg”.
Querido Emilio, ¡cuánta falta me sigues haciendo! ¡Cuánta falta le haces a la ingeniería mexicana y a México!
Compartimos el video de la transmisión en vivo del evento:
Escrito por:
FJBS Admin



